La campana sonando hizo que todos los alumnos se levantaran de sus mesas y empezasen a recoger sus cosas. Todos excepto uno. -Audrey, ya ha sonado la sirena. ¿Nos vamos? La chica que estaba sentada subió un poco la cabeza, pero no hizo ningún otro movimiento. -¡Eh, Audrey! ¡DESPIERTA! -Mmm... -¿Se puede saber qué te pasa? Llevas días así. La chica llamada Audrey no dijo nada. Cogió sus bártulos y se dirigió a la puerta. La otra chica la cogió del brazo. -Soy tu mejor amiga, te conozco perfectamente. ¿Estás así por lo que pasó la otra noche? -Clara, no quiero hablar de ello. Déjame, por favor. Y salió de la clase, dejando a Clara allí enmedio, sin saber qué hacer o qué decir. Caminaba calle abajo en dirección a su casa, sin ver a nadie, absorbida por sus pensamientos. La noche del sábado anterior había sido la peor de toda su vida. Ella que se pavoneaba de tener al novio más guapo de toda la facultad, ella que miraba con superioridad a las envidiosas que intentaban romper una pareja irrompible... ¡Qué tonta había sido! El sábado la habían invitado a una fiesta a la que él no podía asistir porque tenía un compromiso anterior. Llegó muy guapa y con una sonrisa de oreja a oreja, que muy pronto le desapareció de la cara. Nada más entrar en la discoteca, presenció la escena más humillante de su vida: allí estaba él, a lo lejos, morreándose con una que no era ella. Parpadeó varias veces con la esperanza de que todo fuese una alucinación, pero la realidad se impuso a sus deseos. Respiró hondo y se acercó a él con toda la templanza que pudo... Un paso, otro... Andar nunca le había costado tanto. Llegó y, sin quitar la sonrisa cínica de la cara, le dio dos golpes en el hombro: uno y dos. El devoramiento mutuo cesó y su novio se volvió hacia ella con cara de imbécil. Audrey lo abofeteó sin dejar de sonreir y dijo con palabras claras y sin titubear: -Hemos terminado. Después se había dado la vuelta y se había marchado de allí. Esa imagen, que le volvía a la cabeza una y otra vez, no dejaba de torturarla. Por mucho que se hubiera hecho la fuerte, se sentía como una fiera herida. Ya había pasado una semana desde entonces, pero el dolor no desaparecía, y tener a Clara detrás de ella, tampoco lo arreglaba. Llegó a casa y ni siquiera comió. Adela, su compañera de piso, la miró con preocupación pero no dijo nada. Parecía que ése había pasado a ser su estado natural. Audrey se metió en su habitación y encendió su portátil para mirar el correo (siempre lo hacía). En la bandeja de entrada tenía un mensaje, y era de un remitente desconocido. Lo abrió sin mucha curiosidad. En él pudo leer: He visto su anuncio y me gustaría hacerle una entrevista para dar clases particulares a una niña de diez años de edad. Se ruegan referencias para obtener el puesto Y firmaba R.V. Audrey se rascó la barbilla, pensando. Necesitaba el dinero, y si se trataba de referencias, ella tenía las mejores. Además, le gustaban mucho los niños y poder ayudar a una colegiala de diez años le parecía muy estimulante. El trabajo podría ayudarla a dejar de amargarse consigo misma por lo de su EX. Decidió contestar al correo: Me interesaría mucho conseguir el trabajo, por lo que me parece lo más apropiado tener una cita en el lugar que usted decida para que nos conozcamos y pueda enseñarle las referencias que me pidió. Espero su respuesta Pasaron dos días hasta que recibió un nuevo correo de R.V. La citaba en una cafetería céntrica muy conocida y acogedora, de esas que ya no se encuentran, al día siguiente por la tarde. Audrey pidió detalles de cómo podría reconocerlo y él dijo que ella sería la reconocida. Al día siguiente por la tarde le comentó a Adela de pasada a dónde se dirigía y salió a la calle. Hacía calor ya, y más siendo finales de mayo, así que iba en manga corta y con una chaqueta vaquera en el brazo por si cambiaba el tiempo. Llegó puntual a la puerta de la cafetería y vio que, aunque no estaba muy concurrida, había bastante gente. Un camarero se acercó a ella tras dar dos pasos hacia el interior del local. -¿Es usted Audrey Stanford? -Sí, soy yo. -La están esperando. ¿Tiene la bondad de acompañarme? Audrey asintió por toda respuesta y siguió al camarero hasta el fondo de la cafetería. Llegaron a una mesa donde una mujer, ni muy joven ni muy vieja, aguardaba sentada. -Aquí está la persona a la que esperaba, Madame. ¿Desea algo más?- preguntó el camarero con una sonrisa. -No, muchas gracias- contestó la mujer, volviéndose hacia Audrey-. Encantada de conocerla. ¿Usted es Audrey Stanford? -Lo mismo digo. Sí, soy yo, pero no entiendo cómo el camarero ha podido reconocerme. La mujer sonrió por toda respuesta. -¿Es usted la que me envió los mails? ¿Es usted R.V.? -¿Yo? ¡Oh, por supuesto que no! Si casi no sé ni manejar el ordenador. No, los correos se los envió mi jefe. -¿Su jefe? -Sí, mi jefe. Yo soy Eloise Maltrant, y me ocupo de su casa. Soy una especie de ama de llaves. -¿Y por qué no ha venido él a la entrevista? Quiero decir... No es por ser descortés o porque la menosprecie a usted, sino porque me parece que... -Verá... El señor Vallester está muy ocupado con su trabajo como para ocuparse de los asuntos menores. <<¿Su hija es un asunto menor?>> se preguntó Audrey. De todos modos, ¿qué más daba que le hiciera la entrevista otra persona? Aunque le parecía un gesto de muy mal gusto, lo que ella realmente quería era empezar a recibir más ingresos de los que tenía, y para eso necesitaba el trabajo. -¿Qué le parece si le enseño mis referencias, señora Maltrant? -Me parece una manera perfecta de romper el hielo. Y ambas sonrieron. -Es usted una muy buena opción, sí señor. Un currículo impresionante. ¿Y qué dice que está estudiando? -Filología hispánica. -Mmm... Esto está muy bien. Y parece estar usted en sus cabales. Solo le queda una cosa para acabar de convencerme... -Dígame. -Cuenteme en treinta segundos por qué debería darle el trabajo. Audrey cogió carrerilla y empezó a decir lo que Eloise le había pedido, para acabar diciendo: -...Y porque no encontrará a nadie mejor. La mujer estalló en carcajadas y, entre risas le dijo: -¡El puesto es suyo! Me ha convencido. Audrey sonrió y le dio la mano como agradecimiento y cierre del contrato. -Ahora será mejor que hablemos del aspecto económico, horarios, etc. -Sí, claro. -Dígame cuánto cobra y empezaremos a regatear. Audrey se rió. Las dos mujeres siguieron hablando una hora más y después, Audrey se fue a casa. Había quedado con Eloise en ir al día siguiente a conocer a su nueva pupila, que por lo visto se llamaba Andrea. El misterioso señor Vallester vivía en un ENORME chalet al final de una urbanización de las afueras. Fue muy fácil para Audrey reconocerlo. Había llegado diez minutos antes de la hora y decidió husmear un poco. Cuando llegó a casa la tarde anterior, una sonrisa curvaba sus labios. Lo había conseguido después de tantos chascos seguidos: el puesto era suyo. Adela, a la que no le había pasado desapercibida su alegría, la acribilló a preguntas, y ella, por primera vez en una semana, estuvo encantada de contestárselas todas. Mientrás caminaba por delante de la casa inmersa en sus pensamientos, la puerta se abrió, y la señora Maltrant salió a recibirla. -¿Ya ha llegado? ¡Vaya puntualidad! Pase, Andrea estará encantada de que haya llegado por fin. Audrey sonrió y entró detrás de Eloise. Caminaron por largos pasillos de madera, atravesando diversas estancias, a cuál más bella. Audrey pensó que el dueño debía tener un gusto exquisito. Al fin llegaron a una acogedora sala de estar donde una niña menudita estaba sentada jugando con dos muñecas. -Andrea, ya ha llegado tu nueva profesora. La niña alzó la mirada y un segundo después se había levantado y lanzado en avalancha hacia Audrey, que se sorprendió notablemente, al igual que la señora Maltrant. Andrea le tomó las manos y empezó a hablar con voz cantarina. -¿Es verdad que va a ser usted mi profesora? ¿Tan joven y guapa? ¿Tan distinta a las demás? -Pues... sí, creo que para eso estoy aquí, Andrea. Los ojos de la niña resplandecieron al oírle decir su nombre. Comenzó a bailar a su alrededor como un duendecillo, haciendo un papurrí de diversas canciones. Unos secos golpes en el techo hicieron que parase. -Es el señor Vallester- dijo la pequeña, volviendo junto a sus muñecas y sentándose. -Sí, voy a ver si desea algo, pero creo que tan solo quería decirnos que no armásemos tanto alboroto- añadió la señora Maltrant, saliendo de la estancia. -¿El señor Vallester no es tu papá, Andrea? La niña negó con la cabeza. -Don Richard solo se quedó conmigo cuando mamá y papá fueron al cielo. Audrey sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Así que era huerfanita, como ella. Una gran emoción se apoderó de ella. Se acercó a Andrea y le acarició la cabeza. Tenía la sensación de que se iban a llevar muy bien. Poco después volvió la señora Maltrant. -El señor ha dicho que le gustaría atenderla, pero que hoy le será imposible porque...- en ese momento se oyó una puerta cerrándose- tiene que salir. Audrey se encogió de hombros. -No importa, ya lo conoceré otro día. La tarde pasó de un modo muy agradable. Audrey y su alumna se hacían preguntas mutuamente y se reían mucho, mientras la señora Maltrant iba y venía de distintas partes de la casa. Cuando dieron las ocho, Audrey se dio cuenta de que tenía que irse. -Lo siento, Andrea, pero debo irme. Pasado mañana empezaremos las clases, ¿de acuerdo? -¡Jooo! ¿Por qué tiene que irse tan pronto? -Porque tengo una cita anterior a la que no puedo faltar. -Ya habla como el señor Vallester... Audrey se sorprendió por esa afirmación. Se despidió de Andrea dándole un beso y siguió el camino por el que la había llevado la señora Maltrant, con la que se encontró cuando casi había llegado a la puerta. -¿Qué le ha parecido su alumna? -Creo que vamos a tener una muy buena relación. Es una niña encantadora. -Pues nos vemos el viernes. -¡Hasta el viernes! Y salió. Había refrescado así que se puso la chaqueta que llevaba y se ajustó las gafas. Pasó una ráfaga que le revolvió el pelo corto y que le hizo abrocharse hasta el último botón. Mientras caminaba, empezó a pensar en sus padres. No sabía por qué, esa niña había desenterrado recuerdos que ella tenía dormidos desde hacía muchos años. La muerte de sus padres supuso para ella el golpe más duro recibido en toda su vida. < |
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Me llamaste amor
Publicado por *Tinoxx* en 15:03 0 comentarios
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